Tres profesionales, la misma conclusión: “la IA no es para mí” - Fabián Herrera
IA genérica

Tres profesionales, la misma conclusión: “la IA no es para mí”

Una coach ontológica me cuenta que probó la IA para conseguir clientes. Tiene más de quince años acompañando personas, y una forma de escuchar que no se aprende en ningún curso. Le escribió a chat GPT: “Armame un plan para captar clientes”. Le devolvió un plan prolijo, con viñetas y todo: publicar tres veces por semana, armar un embudo, ofrecer una sesión gratuita. Algo que podría haberle servido a cualquier persona que venda cualquier cosa.

Me dijo: “Fabián, esto no me representa. Yo no trabajo así. Y encima me dicen que puedo armarme un agente yo sola, pero no tengo idea por dónde empezar”.

Casi al mismo tiempo, hablé con un arquitecto que trabaja con AutoCAD desde hace mucho. Entre aprender a escribir prompts y usar su software de render, elige el render sin dudarlo. Y cuando le pregunté por el resto de su trabajo, la dirección del proyecto y la administración de la obra, me dijo que no tenía idea de cómo la IA podría ayudarlo ahí.

Unos días después, el dueño de una pyme me cuenta algo parecido. Le pidió ayuda para definir los precios de su servicio y recibió una lista de “factores a considerar” que conocía de memoria. Nada que no hubiera leído antes.

Tres rubros distintos. La misma conclusión: “la IA no es para mí”.

Quienes no la usan y quienes dan órdenes sueltas

esto demuestra un patrón que se repite en la gente con la que trabajo y puedo identificar dos grupos.

El primero todavía no la usa. No por rechazo, sino porque no sabe por dónde empezar y teme hacerlo mal. Lo que perciben es una herramienta enorme, sin una puerta de entrada clara. A veces, como la coach, ven que otros construyen agentes propios y sienten que se quedaron afuera de algo que ni siquiera saben nombrar. Otras veces, como el arquitecto, tienen herramientas que ya les resuelven una parte del trabajo, como el render, y no ven para qué sumar otra. Lo que no ven es todo lo demás que tienen que sostener: llevar adelante un proyecto y administrar la construcción de una obra.

El segundo grupo sí la usa, pero la trata como a un empleado nuevo al que se le tiran órdenes sueltas: “hacé este plan”, “ordename esta planilla”, “decime qué precio poner”. Cuando el resultado es mediocre, concluyen que la herramienta es mediocre.

Es una conclusión lógica. Y casi siempre está mal planteada, porque el problema no está en lo que la IA puede hacer. Está en lo que le dimos para trabajar.

Una IA que no te conoce responde como a cualquiera

Imaginate que entra a tu ofician o estudio una persona brillante, con muchísima formación, pero que no sabe nada de vos. ¿Qué le pedirías en el primer minuto? Probablemente no le pedirías que consiga tus clientes ni que decida cómo presentar tu trabajo.

Primero le contarías quién sos, a quién acompañás, cómo trabajás. Qué es lo que te importa y qué cosas nunca harías, aunque convengan.

Con la IA hacemos exactamente lo contrario. Le pedimos resultados sin presentarnos. Y una IA sin contexto hace lo único que puede hacer: devolver el promedio de todo lo que aprendió. Una respuesta correcta para todos, y por eso útil para casi nadie.

No es un defecto de la herramienta. Es lo que pasa cuando le hablamos a alguien sin presentarnos.

Tu IA sabe lo que vos le contás

Acá está la idea que ordena todo: la calidad de lo que te devuelve la IA depende de la calidad de lo que sabe de vos.

Tu criterio, tu forma de decidir, tu manera de tratar a quienes atendés, tus límites. Eso no lo tiene ninguna IA por defecto, y no se puede copiar de un prompt armado por otra persona. Es tu activo más difícil de replicar.

Y esto desarma una creencia muy común, la del arquitecto: “para mí, la IA es aprender prompts, y prefiero mi software”. Un software de render hace una cosa, la hace muy bien y no sabe nada de cómo decidís vos. Pero un proyecto no es solo dibujo y render: es coordinar, decidir, comunicar y administrar una obra. Ahí la IA puede trabajar con tu criterio profesional si se lo contás: cómo resolvés un problema en obra, cómo ordenás un proyecto, qué prioridades tenés. Cuanto más específico es tu oficio, más tiene la IA para aprender de vos. Lo específico no es un obstáculo: es el contexto que la vuelve útil.

Y tampoco hace falta aprender prompts. No se trata de dominar una técnica nueva, sino de contar lo que ya sabés. Eso lo hace cualquiera que sepa explicar su trabajo.

Por eso la búsqueda del “mejor prompt” suele ser un camino que agota. Un prompt ajeno lleva la lógica de quien lo escribió, no la tuya. Funciona como una receta de cocina: sirve si tenés los mismos ingredientes, la misma cocina y el mismo gusto. Casi nunca es el caso.

Quien entiende esto cambia de pregunta. Deja de preguntarse “¿qué le tengo que pedir?” y empieza a preguntarse “¿qué necesita saber de mí para ayudarme de verdad?”. Ahí cambia el tipo de ayuda que recibe.

El mismo pedido, antes y después de dar contexto

Volvamos a la coach. Su primer pedido fue este:

“Armame un plan para captar clientes.”

El resultado: redes sociales, frecuencia de publicación, una sesión de prueba gratuita. Correcto y vacío. Para alguien cuyo trabajo es escuchar con profundidad, era además un plan que la ponía a hablar como vendedora.

Después hizo el ejercicio de escribir cómo trabaja. Y volvió a pedir lo mismo, pero así:

“Soy coach ontológica con más de quince años de experiencia. Acompaño a personas que atraviesan un momento de cambio y sienten que algo ya no les cierra. No doy consejos: hago preguntas que les permiten ver lo que no estaban viendo. Nunca prometo resultados ni uso urgencia para vender. Mis clientes llegan por recomendación y quiero sumar más sin perder esa forma de trabajar. Armame un plan para captar clientes que respete esto.”

La respuesta ya no era genérica. Proponía contenidos que mostraban su manera de preguntar en lugar de explicar su método, una forma de invitar a conversar sin presionar y una idea para convertir las recomendaciones en un hábito de comunicación. Era un punto de partida real, con decisiones que reflejaban cómo piensa ella.

La IA no se volvió más inteligente entre un intento y otro. Lo único que cambió fue lo que sabía de la coach.

Tres preguntas para escribir antes de consultar

No hace falta ser técnico ni saber de prompts. Alcanza con responder por escrito estas tres preguntas:

  • ¿A quién sirvo? No el “público objetivo” de un manual: la persona real, con sus tiempos, sus miedos y lo que espera de vos.
  • ¿Cómo decido yo? Qué criterios uso cuando algo no es obvio, y por qué digo que sí a ciertas cosas y que no a otras.
  • ¿Qué nunca haría? Los límites suelen definir a un profesional o a un negocio más que sus objetivos.

Escribilo en tus palabras, sin cuidar la forma. Después pegalo al comienzo de tu próxima consulta y mirá qué pasa con la primera respuesta. Muchas veces alcanza una sola vez para notar la diferencia.

De explicarte cada vez a tener tu agente

Es posible que a esta altura pienses algo razonable: “está bien, pero no quiero pegar esto cada vez que le pregunto algo”. Tenés razón. Funciona, pero cansa, y con el tiempo se vuelve una tarea más para el día.

Ese es el siguiente paso natural. Pasar de explicarte en cada conversación a tener una IA que ya tiene tu contexto, tu criterio y tus límites guardados, y que trabaja con eso desde el primer mensaje. Eso es, justamente, un agente.

La coach del principio quería crear el suyo sola y no sabía cómo. Lo que descubrió es que el punto de partida no era la tecnología. Era poner en palabras lo que ya sabía hacer. Con eso resuelto, armar el agente deja de ser un misterio y pasa a ser un paso más.

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El autor de este texto es Fabián Herrera, creado con criterio, autoría de ser humano y asistido por IA.

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